jueves, abril 06, 2006

La mirada de un psiquiatra Volumen 1

Unos 30 años atrás los psiquiatras se dividían básicamente entre los que se consideraban psicoanalistas y psicoterapeutas dándole primacía a la palabra, a las técnicas expresivas y dramáticas, algo reticentes al arte de medicar; y en aquellos que los primeros no vacilaban en denominar "psiquiatrones", quienes defendían el electroshock, el coma insulínico desarrollado por Manfred Sakel y, años antes, el absceso de fijación y el shock cardiazólico. Un conocido neurocirujano, en plena era de la penicilina, nos pedía en el Hospital Borda, un tratamiento de piretoterapia para una sífilis en estado de parálisis general progresiva mientras otros defendían la psicocirugía, que fuera impulsada por el médico portugués Egas Moniz.

En ese entonces los viejos servicios de Neurología, verbigracia el del Hospital Alvear, nos resultaban similares a aquellos pabellones de crónicos del Hospicio. ¿Qué diferencia había entre un Pick o un Alzheimer, postrados en la cama ante la mirada azorada de los alumnos de la Unidad Hospitalaria, de un síndrome demencial o una catatonía yaciendo en los desvencijados lechos del "manicomio"? Y los neurólogos semejaban un poco a los psiquiatras que no creían en el poder de la palabra y acusaban a los que "padecían de la desviación profesional de la psicoterapia" de no hacer verdadera Medicina.
De los dos lados se cometieron excesos y se continuaba con la célebre dicotomía entre "lo psicológico y lo orgánico", y donde nunca, pero nunca, ambas cosas podían ir juntas. En el primer campo estaban los psicoterapeutas de toda laya, que a su vez disputaban el poder con los psicólogos, y en el segundo los psiquiatras clásicos que a veces se confundían con los neurólogos.

En el Hospital Borda el servicio de Neurología estaba confinado en los fondos del predio: los psicologistas los miraban con recelo por organicistas, deterministas y reduccionistas, y algunos psiquiatras "a la antigua", salvo honrosas excepciones entre las que se encontraban maestros como los doctores Ipar, Felipe Cía o Luna, porque -palabras escuchadas en ese entonces-: "se inmiscuían en territorio ajeno... son psiquiatras frustrados...si nosotros podemos diagnosticar sin ellos". Lo cierto es que, en algunos servicios, podían pasar meses sin que los neurólogos fueran llamados, a pesar de que los había y de primer nivel. Mucho antes que se hablara de la década del cerebro, algunos continuadores de Braulio Moyano como los doctores Outes, Goldar, Orlando, hacían maravillas con escasos recursos y nos enseñaban, aún ante nuestras calladas protestas, que el cerebro también existía. El doctor Pichon Rivière también nos mostraba otro camino: la relación de la psiquiatría con lo social.

Más lejos aún se nos vienen las imágenes del joven Freud observando las clases del Dr. Charcot -quien ya intuía un tratamiento psicológico para las histerias- y todos recordamos el cuadro donde el maestro sostiene en sus brazos a una joven histérica, en pleno desmayo; la cual, como buena histeria de la época, reproducía lo que se esperaba en esos tiempos: un desvanecimiento lánguido y romántico, algunas violentas convulsiones, una homérica ceguera. En esa representación pictórica los discípulos miraban con asombro, no sin cierto toque de lujuriosa curiosidad y maliciosa concupiscencia: al fin y al cabo era, según la imaginería del pintor, una bella y juvenil mujer. Porque la belle indiference, como la nominaron los franceses, se representaba, tal cual lo pedía la palabra, como el paradigma de la belleza: cruel, fría y seductora, dulce y amarga, vivaz y castradora. Ese sentimiento estético, que también funda la histeria, además de fundar el psicoanálisis y al mismo Freud, también nos alejaba de los neurólogos a los que veíamos como meros diagnosticadores, maestros en la semiología y, con el martillo de reflejos, certeros para detectar muy precisamente enfermedades que luego no llegarían a curarse.

Es digno destacar que en 1895, durante un viaje en tren, el padre del psicoanálisis comienza a escribir el "Proyecto de una psicología para neurólogos", que recién fue publicado en 1950, bajo el título alemán Entwurf einer Psychologie, y al que su autor luego gustaba de llamar "la psicología para neurólogos". En ese trabajo adopta la postura de neurólogo o, más estrictamente, de un neurofisiólogo utilizando términos como neuronas perceptivas, la teoría de la neurona, barreras de contacto, neuronas permeables, el pallium o las vías de conducción, hasta llegar a intentar explicar los procesos de la memoria y del juicio, los sueños y la consciencia, desembocando -en una segunda parte- en la psicopatología de la histeria. Este célebre manuscrito mucho le debe a la neurología de la época y nos evidencia cómo Freud trataba de hacerse oír, desde otra postura, a los neurólogos de su tiempo.

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